Pasé mis vacaciones leyendo, sin terminar aún, el nuevo libro de Fukuyama: Political Order and Political Decay;  Farrar, Straus & Giroux, New York, 2014,  que junto con el primer tomo intenta presentar una historia sistemática del desarrollo político (ojo, no la narración del sistema político operando todos los días, tan profusamente cubierto por los medios, sino su cambio) basada en tres dimensiones: la fortaleza del Estado, el imperio de la ley y la “acontabilidad” política, este último tan ausente del sistema colombiano. Fuera de los incontables temas sustantivos en que habrá que extenderse, esta lectura lo lleva a uno a preguntarse cómo se puede contribuir a la ilustración de los ciudadanos/lectores en este muy complejo año que comenzamos y cómo combinar los papeles de científico social (lo que va a pasar es esto y por esta y esta razón) con la de activista político (lo que debe pasar es esto y este es el camino).

Se podría comenzar con un tema muy central y muy abstracto como el identificar los elementos de la tradición hispano católica en Latinoamérica, iniciando con la estructura simbólica (muy complejo y muy importante porque determina los elementos del debate político y las formas de protesta). Pero este también es un año de elecciones locales, de reforma política (los otros cuatro debates que faltan en el Congreso), de Plan de Desarrollo (¿la educación media?) y de elecciones en Bogotá, nuestra muy traumatizada ciudad que ha pagado con exasperación el “proceso de aprendizaje” de tres administraciones de izquierda.  Y además, proceso de paz, que todos esperamos culmine exitosamente, pero que sumerge tantos de estos temas en la incertidumbre, especialmente en mi caso, la incertidumbre sobre qué va a salir de los acuerdos de La Habana con relación a la estructura política del posconflicto y si elementos tan importantes pactados como distritos de paz equiparables a los distritos Uninominales del sistema mixto,  la reforma a la planeación participativa y una reforma electoral seria, estructurarían algo mejor que la “gobernabilidad democrática” tal cual la entiende el gobierno y su bloque de partidos acomodados, gobernabilidad que no se base en clientelismo y corrupción.

La incertidumbre es grande: la reforma electoral en trámite en el Congreso se hace por la frustración del Ejecutivo por tener que lidiar uno a uno con 240 o más congresistas para más bien, y esta es su fantasía,  lidiar con unos cinco o seis partidos fuertes. En esto se equivoca el gobierno: con las listas cerradas los partidos se van a fraccionar y él tendrá que lidiar con 14 o más partidos (cien senadores dividido por siete por ciento que aseguraría que todas las facciones superaran el umbral) sin cambiar en nada la relación entre sociedad, política y estado, especialmente en las ciudades donde habitan la mayoría de los colombianos. Esto se hizo evidente en los análisis para elaborar los mapas políticos  que permitan a los ciudadanos identificar quién es su representante o senador para llamarlos a cuentas. En Córdoba, bastión del clientelismo del gobierno, cuyo modelo hizo metástasis en la región Caribe, la abstención para las elecciones al Senado apenas alcanzó el 30 %, cuando el promedio nacional es de 56 %. Allá el clientelismo moviliza bien. En Bogotá, por otro lado, para la Cámara la abstención alcanzó el 75 %. A los bogotanos les tiene sin cuidado quien los representa en la Cámara. Pero con tan pocos votando los más de 40.000 contratistas del Distrito, con contraticos —el 80 % de ellos de menos de cinco millones de pesos—,  en obras locales imposibles de supervisar, que el alcalde Moreno entregó “democráticamente” como contentillo mientras se robaban lo grande, y que ningún alcalde desde entonces ha tratado de subsanar, el clientelismo puede inclusive ser más decisivo. Esta maquinaria pondría conservadoramente 620.000 votos (40.000 contratistasX80%X20 votos c/u = 620.000 votos). Con ciudadanos desmovilizados por el sistema electoral y que no responden a las inducciones del clientelismo, la maquinaria de la alcaldía adquiere una ventaja total.

Las proezas de la alcaldía Petro van a culminar ahora con la seguidilla de actuaciones de los últimos tres gobiernos de izquierda para darle el golpe de gracia a Transmilenio y la movilidad en Bogotá. Lucho Garzón, en lugar de iniciar su mandato con la licitación de la 26 construyendo sobre el modelo de la 30-ALO, se quedó paralizado por dos años y tan solo se la entregó contratada a Moreno al final de su mandato. Hubiera podido haber entregado la 26 ejecutada, y haber comenzado la licitación de la Boyacá que ya estaría hecha hoy. Moreno tampoco terminó la 26, culminada solo a mediados del mandato Petro. Ahora Petro  cambia el planteamiento del metro en la fase de diseños constructivos para hacerlo todo subterráneo, triplicando su valor a 15 billones de pesos. Como no va alcanzar la plata suspende el Transmilenio por la Boyacá y se asegura que la construcción del metro va a ser eterna y traumática. Sin Transmilenio en la Caracas (no dejaron plata para repararlo) y la Boyacá, la función que este sistema debía cumplir para que cuando se construyera el Metro la ciudad no quedara paralizada, se cercenó. Vamos a vivir un infierno.

Todo lo anterior nos lleva a reflexionar sobre cómo un partido alternativo, que busca el cambio, no se contente solo con llamarse “de izquierda”. Es fundamental que cambie sus prácticas y formule alternativas de cómo hacer la política, no simplemente reproducir los mismos vicios apenas llega al poder: clientelismo, nepotismo, corrupción;  cambiar el sistema de incentivos para participar en política, cambiar el sistema electoral. Claramente, los candidatos a la Alcaldía de Bogotá deben plantear en el debate que se avecina un modelo de gobernabilidad alterno al de hoy. Estaremos observando.

Finalmente les pediría a los lectores que me guiaran sobre en qué concentrarme en artículos futuros a través de los comentarios en Las2Orillas o mi Twitter (@johnsudarsky). Gracias.

John Sudarsky, Presidente Contrial

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Columna publicada en ‘Las 2 Orillas’, el 16 de Enero de 2015

 

 

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