En el debate sobre las penas que deben cumplir los diferentes perpetradores luego de que se firmen y aprueben por la ciudadanía los acuerdos de Paz, hay un elemento que realmente se ha notado ausente de la discusión: el arrepentimiento profundo de cada perpetrador de sus actos de violencia, muchos de ellos delitos de lesa humanidad, y la búsqueda del perdón de las víctimas de estos delitos atroces. La fraseología del debate incluye muchos elementos complejos pero relativamente convencionales: la búsqueda de la verdad, tan cara para las víctimas, saber qué fue lo que les pasó a sus parientes, hermanos, hijos etc., para tener algo de cierre de hechos trágicos que sin la verdad —algunas veces de encontrar a las víctimas mismas— hace muy difícil que la incertidumbre permita que el cierre de los hechos se dé.

Ya se ha anunciado que seguramente el acuerdo al que se llegue tendrá que ser un balance imperfecto entre justicia y paz, que seguramente se recurrirá inclusive a suspender la jurisdicción de la Corte Penal Internacional para lo que se requeriría un pronunciamiento del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y así suspender su accionar, por considerar que esta cesación es indispensable para darle una oportunidad a la Paz. Pero como decía antes, resulta incongruente en todo este proceso que los perpetradores no muestren un signo de arrepentimiento, un signo del reconocimiento de culpa, un signo de entender que en esta guerra se cometieron crímenes, que gente murió muy a menudo sin tener nada que ver con la guerra, frecuentemente por órdenes que dieron  los mismos perpetradores.

En el 2005, del 9 al 12 de febrero se realizó en la Universidad Javeriana, Cali, un importante simposio sobre Justicia Restaurativa y Paz en Colombia, organizado por la Fundación Alvaralice. Según se definía:

La justicia restaurativa  es un proceso que involucra a las personas afectadas de forma más directa por un delito o infracción, en la determinación de la mejor manera de reparar el daño causado. Este modelo considera como actores primarios al infractor y su víctima, quienes en una relación justa y apoyados por su comunidad, buscan restaurar las relaciones rotas y reparar el daño hecho a quien lo sufrió́ directamente y al entorno que padece las consecuencias de esta fractura social. En palabras del Arzobispo Desmond Tutu, quien presidió la Comisión de la Verdad instalada pro cerca de cuatro años en Suráfrica la justicia restaurativa no tiene que ver con la venganza o el castigo, sino con ´el establecimiento de puentes, la reconstrucción de los desequilibrios y la restauración de relaciones resquebrajadas´ en un esfuerzo por rehabilitar tanto a los perpetradores como a las víctimas.

En este simposio me impresionó sobre todo la intervención de Alvie Sachs, un miembro entonces de la Corte Constitucional de Suráfrica, un freedom fighter perteneciente al Congreso Nacional Africano, quien había sido víctima de un atentado por parte de un miembro de las fuerzas de seguridad del estado del régimen del apartheid, una bomba que le arrancó su brazo derecho.  Alvie relató cómo fue el proceso de encuentro con quien había intentado matarlo y el impactante ceremonia de perdón y reconciliación que se había dado entre los dos, que le permitió a  Sachs narrar cómo se volvieron a encontrar habiendo sanado las heridas ya dentro de la Suráfrica posapartheid, un ejemplo de cómo hacer vivible el posconflicto en Colombia.

Debo confesar que frecuentemente me confundo con la jerigonza  de términos que se utilizan para describir estos procesos y aún con la secuencia de pasos que se deben dar. En algún momento los escribí en mi pared para tenerlos presentes: verdad, reparación, perdón y olvido. Hay controversias sobre cada palabra pero para superar nuestra historia de horrores algún día debemos llegar a poder convivir entre todos. Pero me preocupa que estas ceremonias, especialmente las de llegar al perdón se conviertan en rutinas en donde el acto simbólico se convierta tan solo en otro requisito para poder caminar libremente con impunidad, sin un arrepentimiento sincero y profundo.

Hay un símil especialmente preocupante: el que se da en la ceremonia de la confesión católica donde, para ser otorgado el perdón se requiere contrición y propósito de enmienda, que requerirían una profunda reflexión moral interna, a menudo reemplazada por una simple rutina y el rezo de unos rosarios o avemarías.  El cinismo y la trivialización  con que se toma esta operación se refleja en el dicho popular de que ” el que peca y reza empata” y a la larga historia de amnistías en Colombia. Kohlberg,  el investigador de las etapas desarrollo moral, plantea que las naciones, con las evidentes variaciones internas, pueden estar fijadas en etapas de desarrollo moral relativamente primitivas, el ojo por ojo de la adolescencia, donde no se ha llegado a la etapa de que las leyes y otras normas tienen como depositarios a todos sus habitantes sino que son simplemente planteamientos formales sin compromiso moral, la base precontractual que hace que uno cumpla las normas. Uno se pregunta si los acuerdos del proceso de Paz y el eventual posconflicto no serían la ocasión especial para avanzar en desarrollo moral, por ejemplo, como dice Antanas, crear el tabú social contra atentar contra la vida de la manera tan ligera como se hace en Colombia, creando una moral secular a la que todos estemos comprometidos y que todos nos consideremos como depositarios. Pero resulta difícil creer que esto se pueda lograr sin el muy profundo y sincero arrepentimiento de los perpetradores y de recibir el perdón de sus víctimas. Sin ello ni los unos  ni los otros podremos convivir en una Colombia en Paz.

P.D. Reconfortante la Marcha por la Vida. Nos permitió reencontrarnos afirmando que la Vida es Sagrada. Gracias Antanas por la ocasión. Muy importante paso el inicio del desminado.

John Sudarsky, Presidente Contrial

LOGO LAS 2 ORILLAS

Columna publicada en ‘Las dos orillas’, 13 de Marzo de 2015

 

 

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